Una colaboración especial.

Elisabete Gomes es una violinista de cuarenta y un años, nacida en el norte de Portugal. En este texto relata su experiencia en el grupo terapéutico de la Fundación, con la esperanza de que otras víctimas de abuso sexual infantil puedan entender la finalidad de estas sesiones.

Desde la Fundación queremos agradecer a la Elisabete por su coraje y el esfuerzo en la redacción de una vivencia tan personal. Esperamos que os guste tanto como a nosotros nos ha gustado.

Los nombres que aparecen en este relato no son reales.

Elisabete Gomes

Hemos aprendido a callar.

Entré nerviosa en aquella sala de la Fundación con las sillas en círculo. Era como si dibujaran un globo, un planeta privado, un mundo propio. Buscaba un lugar como los niños el primer día de clase, cuando intentan adivinar en la mirada de sus compañeros, un amigo. Allí, todos teníamos la misma mirada. Me senté al lado de una de mis compañeras y esbocé una sonrisa. Intentaba dar un aire de normalidad y, de vez en cuando, estiraba el cuello para sentirme más digna.

Enara hablaba más. Gesticulaba de forma ansiosa mientras explicaba cómo su abuelo había abusado de ella. El ya había muerto, pero la herencia que le dejaba a su nieta era, como mínimo, difícil de manejar.

Ella hablaba muy rápido y sus palabras se atropellaban en mi cabeza. Cada una de sus frases caía como una bomba en el medio de la sala y  yo empezaba a sentirme realmente mal: se evadían mis pensamientos, tenía dificultad para concentrarme, me sentía excesivamente crítica en relación a todo y a todos y una náusea profunda comenzaba a invadir mi cuerpo como si fuera un veneno.

En ese primer día, Fátima también habló; era mucho más joven que la mayoría de los que estaban en la sala y se expresaba con la rebelión y la fuerza de su edad. Pronto iría a juicio, para acusar a su padre de haber abusado de ella durante años, con la complicidad de su madre.

La historia de Teresa tenía un escenario similar, se veía en ella, al mismo tiempo, el coraje y la decisión de sus 20 años y la claridad y profundidad de alguien con muchos años más. Ella daba la sensación de que sabía lo que quería, lo que no quería y lo que tenía que cambiar en su generación. Pero la mayoría de nosotros rondábamos los cuarenta y habíamos vivido toda una vida de silencio y represión. Represión infligida por el entorno, o autoimpuesta, o simplemente de negación, de una repetición constante de la mente, de una reformulación de la verdad a niveles aceptables de supervivencia.

En esa sala, los chicos eran menos y más silenciosos y creo que no los he escuchado hablar hasta unas cuantas sesiones más tarde. Había un tío, un vecino, un hermano, un maestro, un padre, un abuelo o un sacerdote en cada triste historia y todos habían herido profundamente la confianza de inocentes.

Salí de ese primer encuentro con la sensación de que aquellas historias se pegaban a mi cuerpo. Me parecía extraño lo incómoda que me sentía, cuando durante tanto tiempo había deseado poder participar en uno de estos grupos, poder hablar con quien hubiera vivido lo mismo. Pero, en ese momento, me parecía que no. Mi mente cuestionaba lo que una vez había sentido con tanta convicción y se preparaba para jugar conmigo un viejo truco: me contaba historias, me decía que tal vez mi caso fuera diferente, que tal vez lo mejor para mí sería olvidarlo, que tal vez yo no tuviera necesidad de hablar.

Aprendí de muchos años de terapia que mi mente no tenía malas intenciones, sino que quería protegerme. Protegerme no dejando que me identificara, no permitiéndome reconocer que yo era tan solo una víctima más (en el sentido real de la palabra) y que estaba entre otros como yo. Esta vez sospeché. De la misma manera que sospechas cuando escuchas la misma historia, o la misma excusa, muchas veces. Bueno, eso ya no me sirve de nada, pensé. Y lloré amargamente.

Aprendí de muchos años de terapia que mi mente no tenía malas intenciones, sino que quería protegerme.

Callamos, negamos, huimos, excusamos, reformulamos porque la vergüenza y la culpa que sentimos son insoportables. Y algunos de nosotros nos emborrachamos, nos drogamos, nos suicidamos. Porque llega el momento en que los celosos centinelas de nuestras mentes ya no nos defienden, sino que apuntan con el cañón de la escopeta en nuestra dirección y van a las últimas consecuencias. Si no hacemos algo para poder enfrentarlos.

Lo que llevamos dentro no se limita a un malestar natural causado por un mal recuerdo, es algo que se engancha a toda nuestra existencia y nos hace sentir avergonzados y culpables incluso por estar vivos. Este aspecto me hace sentir particularmente enojada. Como si no fuera suficiente pasar por el abuso, nuestro mundo (interno y externo) parece organizarse para hacernos la vida especialmente difícil. Esto sucede por muchos motivos, que no puedo explicar completamente ahora, pero uno de los grandes es porque hemos aprendido a callar. Hay una sociedad entera que nos enseña, e incluso nos motiva, a callar. Y si tenemos que callar, es porque debemos haber hecho algo muy vergonzoso.

Hubo un ejercicio que hicimos en el grupo: consistía en atribuir, de acuerdo con lo que sentíamos «en el estomago», por decirlo de alguna manera, un porcentaje de responsabilidad por lo que sucedió al adulto abusador y otro a nuestro niño o niña abusados. Ninguno de nosotros pudo asignar, en su propio caso, 100% de responsabilidad al abusador. Sin embargo, cuando lo hicimos en relación con el caso de otro colega, estaba completamente claro que la responsabilidad de un adulto que abusa es suya y de nadie más. Quizás este sea un buen momento para recordar que cuando hablamos de nuestros niños o niñas, hablamos de niños y niñas de 6, 8, 11, 12 años… ¿Cuál fue su responsabilidad? ¿Estar en el lugar equivocado en el momento equivocado? ¿Confiar? ¿Ser niños?

Hay una sociedad entera que nos enseña, e incluso nos motiva, a callar. Y si tenemos que callarnos, es porque debemos haber hecho algo muy vergonzoso.

Me rompió el corazón ese día y continúa rompiéndose ahora. Me sentí muy enojada, todavía me siento. No es una mala rabia. La rabia no es mala, sirve para defendernos. En mi caso, incluso estoy agradecida porque durante demasiado tiempo lo único que sentí fue apatía y tristeza. Y esta es una rabia que devuelve vida a mi cuerpo y me hace ganar fuerzas para decir basta. Basta de la locura de perpetuar el castigo más injusto.

Me hice muchas y muy buenas promesas durante las sesiones en la Fundación. Espero poder cumplirlas todas. Pensar en mis compañeros ayuda. Con el grupo sentí fuerza, claridad, lucidez. La humanidad no es tan egoísta: mejoramos ayudando a mejorar al otro.

Esta comunión humana permite que comience un lento proceso de alquimia, en el que una voz interna muy débil, hace mucho tiempo olvidada, comienza a tomar forma y a hablar en los breves intervalos en los que podemos silenciar a nuestros demonios. Esta voz no suena como la de un general, autoritario o poderoso. Por el contrario, es más como la de un niño, frágil, pequeño, y probablemente lo primero que queremos hacer es ridiculizarla o no darle ninguna importancia. Pero esa voz es dulce, tierna, vulnerable, sobre todo digna, y habla como una flor en el cañón de una escopeta.

Esta comunión humana permite que comience un lento proceso de alquimia, en el que una voz interna muy débil, hace mucho tiempo olvidada, comienza a tomar forma y a hablar en los breves intervalos en los que podemos silenciar a nuestros demonios.

Recuerdo la mirada de cada uno de mis compañeros y reproduzco sus historias en mi cabeza. Al pensar en nuestras niñas y niños pequeños, ocultos durante tanto tiempo en las profundidades de nuestro ser, solo me viene al pensamiento la figura de mi personaje favorito de C. Dickens: Oliver Twist. Y pienso en él abatido, con los ojos ocultos debajo de su boina, hambriento, caminando hacia Londres después de tener la audacia de pedir un poco más de sopa. Haber tenido el coraje, incluso si lo presionaron sus compañeros, para decir: «¡Quiero más!».

Antes de los libros de Dickens, los niños eran seres socialmente invisibles y, en muchos sentidos, siguen siéndolo. Soy fatal recordando estadísticas, pero estas no las puedo olvidar: 1 de cada 5 niños y niñas  sufre abuso sexual infantil antes de los 17 años. De estos, un 60% nunca recibirá ayuda y el 90% no lo dirá hasta la edad adulta. En el sitio web de la Fundación también está escrito cómo crecieron los números durante el confinamiento.

No creo en ninguna forma de cambiar las estadísticas que acabo de mencionar que no pase, también, por poder hablar abiertamente. Ya sea para evitar o poder superar, de la mejor manera, un trauma de abuso sexual infantil. En el caso de los supervivientes, depende de cada uno decidir el momento y la forma que considere posibles para que pueda hacerlo sintiéndose apoyado, con la seguridad y la confianza que puedan ayudar a soportar el miedo y la ansiedad, el malestar físico y psicológico, la vergüenza y la culpa.

Recuerdo haber dejado una de las últimas sesiones del grupo y sentir: Estamos aquí. ¡Vivos! – y pensar en cómo cada uno llegó allí, aferrándose a su propio bote salvavidas.

A mi me salvó y continúa salvándome mi violín, o una pintura de Chagall, o un poema que sale de mis entrañas y que insiste en ser escrito, mi hijo, el amor, mi familia, mi fe pequeña y frágil, la verdadera amistad y mucha terapia. Buena terapia. La que se ejerce con mucha profesionalidad pero sobre todo con amor incondicional, el que nace del respeto absoluto.

Recuerdo haber dejado una de las últimas sesiones del grupo y sentir: Estamos aquí. ¡Vivos! – y pensar en cómo cada uno llegó allí, aferrándose a su propio bote salvavidas.

Y me ha salvado también este grupo y cada uno de mis compañeros, que son como amplificadores de la voz de ese pequeño niño o niña de la boina que llevamos dentro y que, lleno de amabilidad, inocencia y coraje, insiste en decirle a la vida y al mundo: » ¡Quiero más!»

 

Elisabete Gomes
Barcelona, julio 2020